Llega un momento en el que dejas de exteriorizar lo que sientes y te sumes en ti mismo. Asesinas los colores y canalizas toda tu energía en el blanco y negro. Tu visión tétrica de la vida se torna tan real que ya ni gastas ganas en volverlo de color, o en ponerle un filtro rojo.
No.
Llega un momento en tu vida en que le coges cariño a la tisteza, pero decides quedarte ahi, a la mitad. Ni muerta ni palpitando, simplemente inexsitente. Tenue y clara como la luz de las bombillas cuando hay niebla.
O de los faros. Éstas guardadas entre cristal y metal sin poder ver más allá de la distorsion que el vídrio crea.
Tremenda entrada.
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