jueves, 13 de septiembre de 2012

No le pongas nombre, que no tiene.

Brota a la izquierda y finge que se estremece, baja y te revuelve el estómago, piensas en que vuelan y sonries. O no. Sigue bajando y te das cuenta de que la segunda opción era la correcta, que lo de querer a ti te queda grande porque quieres o mucho y mal, o huyes tan, tan estrepitosa pero sordamente rápito que te conviertes en un recuerdo. Siempre malo. O bueno.
Y sigues bajando y te guardas entre mis piernas y tú piensas en nosotros mientras mi mente calla y mi piel chilla. Chilla agostos, grita eneros y febreros, diciembres entre la sábanas, los bancos helados y nosotros desaciéndonos: del roce, de los alientos compartidos, de tu i-pod.

Igual te hubiera querido más si no hubieras apagado la música. Si el rock siguiera sonando, si el rap no hubiera cesado o si Estopa hubiera vuelto con la guitarra entre nuestros vahos. Pero.
Pero. Decidiste apagar el i-pod, cerrar los ojos y seguir tus ritmos -demasiado lentos para mi. Y entones nos plagamos de noches que nunca acababan en te quieros, que se estancaban en y yos.

Mucho cariño y poco sexo, mucho tú y demasiado yo.
Que no fue nuestro momento, que no hay nada porque nunca hubo. Tal vez porque yo nuca quise. O no. No sé. Tal vez. O ahora. Pero lejos, lejos de mi , mi amor.
Lejos de mi: mi amor.

Te aprendiste de memoria mi espalda.
Mi cintura.
Mi cadera.
Bajaste por las piernas y te ahogaste en los tobillos, ya casi llegando a los tuyos.

Demasiados buenos días para estar tan lejos.

Demasiado en mi como para quedarte dentro.

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