Suena demasiado bien el roce de las tijeras con mi pelo, como para no pasar horas frente al reflejo jurando odiarlo y acariciándolo con pena, mientras que a trasquilones partes de mi se arrodillan a mis pies.
Y parece que me come el aire en vez de adentrarse en mi cuerpo.
Y entonces el reflejo cambia y yo ya no soy tan yo como solía ser antes.
'tendré que cambiarme', pero esta vez no se había vestido y bailaba en bragas mientras se le pegaba el parquet a las plantas de los pies con las venas hinchadas y yo muriéndome por tenerla en mi. Y las líneas azules de sus pies seguían tocando la vida con suaves y limpios roces, como puñaladas al destino, porque ella no sabía bailar pero lo hacía demasiado bien como para que su público fueran sólo muebles de madera. Y el parquet brillaba tanto que volvía a reflejarla, la perseguía bajo si una mancha blanca tan tenue como la luz que le quedaba en los ojos. Tenía fobia a mantenerse, y las fobias la adoraban.
Sabor carmín porque últimamente si no la mordía el miedo sólo se mordía ella.
O se le quedaban los labios secos.
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